sábado, 12 de febrero de 2011

Malcolm Lowry, "El alcohol se hizo literatura" 1909-1957





SIN TIEMPO DE PARARSE A PENSAR

La única esperanza es el próximo trago.
Si te apetece puedes dar un paseo.
Sin tiempo de pararse a pensar,
La única esperanza es el próximo trago.
Inútil titubear en el límite,
Peor que inútil todo este hablar.
La única esperanza es el próximo trago.
Si te apetece, puedes dar un paseo.

PENSAMIENTOS MIENTRAS TE AHOGAS

Deja que los demás discutan acerca de mi dolor
enfurecidos como lobos ante un trozo de carne
mi dolor es ahora de dominio público
hace tiempo muerto de hambre come de limosna
muchos de los que se indigestaron de felicidad lo necesitan

la oscuridad del atardecer con una sensación de culpa
como truenos de una tormenta oscureciendo el promontorio
mancillando el recordado doblar de un cabo de la vida
los turistas esperan con fatuas sonrisas de triunfo
con brazos enlutados sobre la costa chismorreando
haber conocido al cadáver por un momento les hace grandes ~

SIN COMPAÑÍA EXCEPTO EL MIEDO

Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en esta barra arqueada con la pintura marrón descascarillada,
papegaai, mescal, hennessy, cerveza,
dos viscosas escupideras, sin compañía excepto el miedo:
miedo de la luz, de la primavera, del lamento
de aves y autobuses volando a sitios lejanos,
y de los estudiantes yendo a las carreras,
de chicas brincando con el aire en sus rostros,
pero sin compañía excepto el miedo,
miedo de la fuente volando: y todas las flores
que conocen el sol son mis enemigos,
¿estas, muertas, horas?

ABRIDOR DE OJOS

Cuán semejante a un hombre, es el Hombre, que se levanta tarde
Y contempla los platos sucios de la cena
Y contempla las botellas, vacías también.
Todo ello tragado durante el sordo «¿Cómo estás?» sin fin de la noche anterior
-Aunque un vaso contiene todavía un refresco espantoso-
Cuán semejante al Hombre es este hombre y su destino,
Aún borracho y tropezando entre los árboles amarillentos
Va a desayunar ron picado, sardinas y guisantes.

DESPUÉS DE LA PUBLICACIÓN DE BAJO EL VOLCÁN

Que horrible es el éxito,
peor que ver tu casa en llamas
y las vigas cayendo, una tras otra,
mientras asistes, sin testigos, a tu condena.
La fama, como una borrachera, consume lo mejor de ti
mismo
y, sórdida, te muestra que sólo trabajaste para ella.
Ojalá que nunca me hubiera besado esa puta,
y haber seguido siempre en las sombras de la destrucción y
el fracaso.

SIN MIEDO AL DRAGÓN NOCTURNO

Todas las nociones de libertad están asociadas al alcohol
y nuestro ideal de vida se reduce a una cantina
donde los hombres puedan sentarse y hablar o tal vez pensar
sin miedo al dragón nocturno.
O quizás otra cantina
sin letreros de “Aquí no se fía”
y con su crédito ilimitado
donde –aparte de innumerables botellas de cerveza-
nos podamos sentar –bien borrachos
y lo suficientemente locos-
a escribir tratados sobre una tierra prodigiosa
en la que los hombres beben un vino maravilloso
que les emborracha suavemente, sin vómitos ni resacas,
mientras tejen el sueño de otra cantina
en la que beberán siempre gratis,
con la puerta abierta, mirando pasar el viento.

viernes, 11 de febrero de 2011

"Carta para volvernos a ver" de Gonzalo Rojas

Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec",
Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.


Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja
como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venir
a vernos, y a besarnos, y a juntarmos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
y océano,
y únicamente océano.

viernes, 21 de enero de 2011

Presentación del libro "Cuando los árboles se olvidan del otoño" por Bernardo González K.



POESÍA DEL NUDO DESATADO


“Ahora los pinos han dejado de rezar
 y entonan solemnes cantos gregorianos”
                                 Sergio Hernández


Me ha sorprendido gratamente el poemario “Cuando los árboles se olvidan del otoño” de Ivo Maldonado (Talcahuano, 1978), por dos o tres consideraciones que quisiera compartir con usted, amable lector, que aún se da tiempo para leer poesía en este mundo hostil e impersonalizado donde todos o casi todos andan preocupados de su sobrevivencia, por lo demás efímera, que interesados en buscar respuestas estéticas a los cuestionamientos existenciales.

Conocía de Ivo Maldonado tres trabajos previos - “Anamorfosis” (2000), “Pequeña antología de la nada” (2003) y “Tributo a las cenizas”, inédito -, donde nos desplegaba un lenguaje poético exploratorio, aunque todavía crudo diría yo, con fuerte influencias de sus maestros Sergio Hernández y Gonzalo Rojas, de los cuales fue alumno en sendos talleres literarios. Palabra directa, descarnada, atrevida, con una cierta tendencia al decir parriano, coloquial; referente de una oralidad urbana juvenil que no tropieza ni menos cae en la petulancia academicista culterana tan en boga en los poetas penquistas del año 0. Maldonado emergía con textos que olían a puerto, a barrio, a intemperie, a musgo adosado a brumosos horizontes, con un temple no tan festivo ni desacralizador como en el caso de nuestro antipoeta, sino más bien denotando el tránsito de un hablante desencantado cuando no sufriente, por las veredas húmedas de una ciudad universitaria.

Muchas lecturas han pasado bajo los puentes del Bío Bío; un caudal de textos que han fluido desde territorio pewenche hasta sedimentarse sobre fallas en movimiento del fondo marino. A saber, Maldonado me ha confesado que los autores de sus afectos en este período de intensa búsqueda y, por ventura, de hallazgos esenciales para su formación literaria son Charles Tomlinson, Wallece Stevens, Jorge Eduardo Eielson, Pier Paolo Pasolini, Lucian Blaga, Lawrence Ferlinghetti, Sthefen Spender, Sam Shepard, Aimé Cesairé, Hart Crane, Jaraslov Seifert, Raymond Carver y uno que otro poeta chino de hechuras ligeramente milenarias.

Así, Ivo Maldonado se nos presenta ahora con un libro distinto entre sus manos, donde despliega con desplante y dominio cierta madurez humana y poética tan ausente en las últimas promociones de escribidores que emergieron como callampas después del diluvio; rara condición ésa de mantenerse sereno en medio del vendaval; cuesta encontrar un poeta calibrado, macerado, abismal a los 30 años en el Chile actual entre tanto muchacho y damisela extraviados en pirotecnias verborrísticas cuando no en pedanterías cursis y amaneradas. Emerge un poeta más sobrio, más sincero, más humano del pozo del dolor; decantamiento natural que otorga la soledad y el silencio, imprescindibles para encontrar una voz, un lenguaje y una escritura con acento personal propio e intransferible. Todos alguna vez hemos perdido los estribos en los andurriales de la poesía, es parte de nuestro terco aprendizaje; por eso alegra sobremanera que Maldonado encuentre la huella perdida entre los pastizales de la marginalia y retorne del abismo con la mochila repleta de imágenes y textos inusuales por estos contornos abotagados de cánones y culteranismos, necesarios, pero absolutamente prescindibles para un espíritu rebelde, original y propositivo como en el caso de un poeta que se precia de tal. Enhorabuena.

Hablemos ahora del libro en cuestión.

“Cuando los árboles se olvidad del otoño” es un largo e intenso poema que expresa el júbilo del vuelo por un paraje atisbado en sueños. Nos situamos ante un subconsciente atado por un nudo ciego que apretaba y hería su humanidad con encono, ahogándolo, prisionero de los modos y usos de una modernidad aplastante y sádica… Y ahora, después de una larga noche triste, agita sus alas y emprende una travesía que lo libera y redime como poeta, pero fundamentalmente como ser humano. Ivo ya lo había vaticinado en una entrevista realizada por Gonzalo Bizama, dejando entonces fehacientemente establecido su proyecto poético: “Uno ve lo que escribe y lo que imagina, uno escribe lo que le obsesiona y se le priva. Uno escribe de todo un poco pero es inevitable sentirse ajeno al espejo que está enfrente a uno. A lo mejor la salvación está en escribir la tristeza, la desesperanza, el amor y el odio para poder limpiarse de todo aquello. Para mí escribir es una manera de purificarse aunque no sea leído por nadie; el hecho está por sobre la circunstancia… Un poeta no es un escritor de poemas”. Notable lo que se ha propuesto y ha logrado este joven poeta.

Antonio Crespo, poeta español, ha captado con meridiana claridad los principales aciertos de esta obra. Dice en una reciente carta enviada al autor: “Me parece un gran poemario. Con una fuerte unidad reforzada por la disposición gráfica, el espacio que ocupan los poemas en la página, las citas en cursiva... Un conjunto de poemas que va atrapando al lector, que va cayendo, sumergiéndose en una lectura que envuelve y obliga a avanzar; (no es fácil detenerse; el carácter unitario del texto, la estructura tan trabada, te empuja). Según he ido avanzando en su lectura creo que el libro va ganando en intensidad... O puede que el lector penetre mejor en la densidad de la escritura”.

¿Captaremos las resonancias telúricas y metafísicas que deja latiendo la voz del poeta después de leer “Cuando los árboles se olvidan del otoño”? Esa es mi inquietud. ¿O seguiremos perdidos en la sosería extraliteraria, dando palos al aire de pura rabia e intolerancia por no aceptar que alguien - a quien creíamos definitivamente aniquilado - haya podido percibir y tatuar en nuestro imaginario colectivo una poesía con tal intensidad y talento? Sigo pensado, ahora más que nunca, que la hermosura es la tabla de salvación en el naufragio.

Elegido al azar, como una cata ínfima de lo que se viene en las próximas páginas, les adelanto este fragmento:

Aquí estoy otra vez entonando
la misma canción de siempre
No necesitamos nada para ser felices
eso lo saben bien los ciegos
que resbalan por las avenidas
Ellos persiguen una luna oscura
que fue abandonada entre las piedras
Los niños son los primeros en saberlo
los niños y sus amigos imaginarios
No necesitamos nada y eso es bastante
como una noche reventando en el silencio

De tanta piel... perdí los ojos

Antes de dejarlos frente a frente con este rutilante poemario, como quien abre un cofre encontrado en las espesuras de un bosque en penumbra, quisiera desearle al poeta Ivo Maldonado buen viento, buen viaje y buena caza. Estaremos atentos a su peregrinar por los universos íntimos de la palabra; a ver, a ver si en una de ésas entusiasmados por los fulgores de su numen nos animamos y también emprendemos vuelo.

Bernardo González Koppmann
Premio Nacional "Stella Corvalán" 2004.
Valle del Venado, Región del Maule, Chile, enero de 2011.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Charles Tomlinson; Selección de poemas



(Stoke-on-Trent, 1927) Poeta británico. Cursó estudios en las universidades de Cambridge y Londres. Enseñó literatura inglesa en la Universidad de Bristol. De su copiosa producción poética destacan El collar (1955, edición editada en 1966), Ver es creer (1958), Un paisaje poblado (1963), Escenas americanas (1966), Los matachines (1968) y Palabras e imágenes (1972). Escribió algunas obras en colaboración con otros poetas, entre las que destaca Renga (1971), en colaboración con Octavio Paz, Jacques Roubaud y Eduardo Sanguinetti.


Toda la tarde

Toda la tarde las sombras han estado construyendo
una ciudad propia de las calles,
corrigiendo con cuidado las perspectivas
con diagonales oscuras, y reduciendo
veredas a plataformas, franjas de luminosas
escalerillas, como si fuera un barco
esta contra-ciudad. Pero los inclinados, negros
encabalgamientos como escaleras para asalto
trepan a las fachadas y las atan a la tierra,
confunden salidas para incendio que ya están enredadas
en vapuleadas ambigüedades. Tocas
las movedizas formas para saber cuál sitio es cuál
y te tiznas un dedo con ceniza del tiempo
que sopla a través de ambas, la sombra en la penumbra
y en la luz, que recorre los caminos
para agujerear las paredes, elevarse por patio y escalera
y deslustrar el pináculo azteca del Chrysler.

Desde la autopista

Las gaviotas se amontonan para comer de la basura
que se descarga, camión por camión,
sobre un montículo que tres carreteras
han aislado:
cuando las semillas se hundan y se enreden
este abono movedizo donde las gaviotas
rebuscan el sustento invernal
se transformará en cerro -para los halcones
un terreno de caza, pero no tendrá nombre:
jamás nadie irá allí. ¿Cómo
lo recuperaremos, una forma que nos pertenezca?
Ya que no engendrará fantasmas
sino sólo -bajo la zambullida e inspección
de las alas del halcón- los huesos de pequeñas presas,
su resplandor de sodio en las tardes de invierno
inaccesible como el Edén...

San Carlo Al Catinari

Una orquesta de ángeles
aletea en la piedra
y se posa en el borde
del domo, entonando alabanzas
en honor de Santa Cecilia.

Admiro, sí, esta escena
extendida sobre mis ojos
por su solidez: tales
presencias no son sombras
sino carne y piedra interanimadas.

Y si fuéramos ángeles
podríamos oír, sin duda,
su música silente,
hecha cuerpo
en la sustancia de otra esfera...

Una esfera que los sentidos
penetran, aunque raramente,
mientras reúnen pruebas
aún más palpables
del porqué de nuestro deleite.

Pues qué supone el cielo
sino el aumento y cuidado
de nuestras afinadas facultades,
atentas al servicio y la alabanza,
hechas a semejanza de aquel alto consorte.

A Vasko Popa en Roma

"Me desagrada Roma", comentaste en francés,
"con su orgullo imperial". Pero tú eras
el menos imperioso de los hombres, en verso
y en persona. Nos vimos sólo en otra ocasión,
y parecía claro que tus días estaban
contados, vida y muerte en un terco desfile
de cigarrillos. "Como un príncipe exiliado",
decían, mas la imagen no casaba con alguien
insensible al imperio. Te habías exiliado, sí, pero
de ti mismo,
arrumbando ironías y entusiasmos perplejos,
buscando un equilibrio casi físico
-tu cuerpo propendía a la gordura-
entre el rigor francés y el exceso italiano,
mientras nuestro intercambio mezclaba los idiomas
en busca de palabras capaces de expresar
el placer del encuentro. Y ya que hablo de príncipes...
recuerdo haberte oído, "Me han dicho que
Ted Hughes",
(medianoche en el parque de los Borgia)
"vive como un príncipe". "Es cierto", repliqué,
"si la hospitalidad está en sus planes,
y si eres su invitado o su amigo, eres tú
quien vive como tal". Con paso concertado,
abominando
de la melancolía que engendran las ciudades
-nada omite su generosidad-
extraías tu angustia de un filón de riquezas
a punto de agotarse. Hoy, de regreso a Roma,
me es fácil suponer tu acuerdo si dijera
que la ciudad compensa con creces su arrogancia,
tal es su resplandor, semejante al bramido
que la fuente de Trevi esparce por las calles:
y que tales estratos de agua y piedra tallada
-metamorfosis sobre tierra firme- son otra
forma de poesía, y nosotros los huéspedes
de la imaginación. Mas la imaginación propone
lo que no necesita demostrar y, también,
más allá de los hechos y las palabras, lo imposible:
bajo la luz y el aire del otoño romano
ya nunca cruzaremos juntos este paseo.

Diciembre

Constancia de la escarcha, cada vez
más blanca, más helada. Parecía
que el fulgor salino de los cristales
hubiera transformado la esencia de las cosas
al cubrirlas: tus pasos cruzaban aquel mundo
como si de un momento a otro fuera a romper
en campanas de vidrio, o en helados vibráfonos,
y la luz golpeaba las colinas inermes
y les daba relieve: alineados
en lo blanco, los árboles mostraban
nervios de taracea, mínimos, irreales,
y el sol daba de pleno en su leve armadura
que pronto, en una sola tarde, se desharía.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Antonio Martínez i Ferrer: "La cama hospitalaria" y otros poemas




Nació en Alzira (España) en 1939. Obrero de las Artes Gráficas de profesión, ha ocupado la mayor parte de su vida en la lucha contra la dictadura Franquista, perseguido  por el régimen sufrió el exilio político en Francia. Su primer poemario nace después de cumplir los 60 años. Ha sido distingido con la Mención especial en el PREMIO DE POESIA JULIO TOVAR. Santa Cruz de Tenerife el año 2004, por el poemario, "Corre, corre, niño de arena". Entre sus obras destacan “El rumor del patio” 2003, “El grito del oasis” 2007, "Efectos Secundarios" 2008, "Antología poética", 2010.

***

la cama hospitalaria

escenario del encuentro
entre la vida
y su tiempo

múltiples caminos
brotan incansables
de su cuerpo

todos los espacios
posibles
arriba abajo
todo o parte

nave viajera entre plantas
portadora incansable
compañera fiel

cuerpo ingrávido
con vísceras blancas
para el reposo

siempre a la espera
de la luz
y de los sueños

***

los aerosoles

silbo de hospitales
cantor del aliento

una mirada vaporosa
se derrama
viento adentro

relator de esperanzas
uñas del humo
arrancando infecciones

un amanecer
de temblores
en el pecho
semillas
para la vida

***

imposturas del mercado

nació la voz transparente
de los discurso blancos

se abrió la puerta
del supermercado
y nada escapó
de aquel circo

manchado el discurso
ensució las conciencias

circuló la falacia
de la bolsa y el negocio

la turbulencia del engaño
amanecía
entre el miedo y la miseria

se corrompe la justicia
se borra el futuro

trileros
de la política
y la prensa
juegan con el pueblo
a matar su rebeldía

la voz mutilada
la voluntad vencida
desarmada y conformista
la clase obrera
deambula extraviada
en el intestino
de la sanguijuela
liberal capitalista

***

Deja tu presencia
………….una huella,

un brote de fuego
crece en soledad
………….por las tardes.

Mi voz
tiembla aturdida
pensando
………..en los círculos
de tu piel húmeda.

Acompañar
…………las miradas
recoger
………….los sueños
en las laderas de la luz.

Ten a mano
………….el rocío del beso
estoy en la esquina
………….de los encuentros.

Te espero!

***

el carro de enfermería

babel de gasas
agujas, apósitos
química variada
para la vida

pasas
como mercadillo de jueves
altivo, sobrado
capaz de vencer lo infecto

campeón de transparencias
tienes
el paso del viento fresco
para combatir el daño

tus besos limpios
sofocan el fuego
o cierran la carne

y sigues y sigues
sin quejas ni descanso

***

el andador

apoyos de acero
para las manos cansadas
piernas de acero
para los pies inertes

el corazón hueco
sin marcapasos

territorial de imagen
paciente en las esperas
firme en las distancias

escaso
económico
sin sueños conocidos

compañero fiel
amante de los espacios

***

la silla de ruedas

callada en la espera
recompone con su cuerpo
la luz
sobre el tabique

archivo de senderos
escritos
en las ruedas

destino, salida, espacio, encuentro

la voz vibra
y se moldea en
sus universos tubulares

arquitecta de las distancias
con formas dulces
y contornos sensuales

tiene la certeza
de su feminidad

y el mágico uso
de sus piernas
incansables

***

Me quedé
a un paso de tu mirada,

....................después
un temblor de muros
escondió tu imagen.


................... Aligeré el paso
....................entre la niebla
..... de la distancia silenciosa

........no pude acercar mi voz,

..........................el espacio
.................huía enloquecido.

Soledades.

***

El silencio
…………….se extravía
en la lejana transparencia
…………..de tu mirada.

Tu ausencia
………eriza mi piel
………………..y quema.

La tarde
derrotada entre dos luces
transita pesada en mis hombros.

Te espero
.………..solo no existo

***

despertar

............en un tiempo nuevo

donde la bestia vencida

huya avergonzada

ese es

………NUESTRO sueño

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Gloria Fuertes "Poesía ignorada"


Gloria Fuertes; Nació el 28 de julio de 1917 en el madrileño barrio de Lavapiés en el seno de una familia humilde, de madre, costurera y sirvienta, casi muere en el parto, tal como ella misma refleja en los versos de una de sus « autobiografías». Debido a la profesión de su padre, portero, la familia cambió varias veces de residencia en Madrid. A los tres años ya sabía leer y a los cinco escribía cuentos y los dibujaba. Luego los cosía con hilos para encuadernarlos.
Se movía por Madrid en bicicleta, con una falda-pantalón diseñada por su hermana y con corbata, compraba libros a hurtadillas en la cuesta de Moyano y se ocultaba para escribir y leer en la portería donde trabajaba su padre a escondida de su madre.
De su obra se destacan los libros «Poesía ignorada» en 1950, «Aconsejo beber hilo» 1954, y «Poeta de guardia» 1980. Falleció en noviembre de 1998.

Autobio

Nací a muy temprana edad.
dejé de ser analfabeta a los tres años,
virgen, a los dieciocho,
mártir, a los cincuenta.

Aprendí a montar en bicicleta,
cuando no me llegaban
los pies a los pedales,
a besar, cuando no me llegaban
los pechos a la boca.
Muy pronto conseguí la madurez.

En el colegio,
la primera en Urbanidad, Historia Sagrada y Declamación.
Ni Álgebra ni la sor Maripili me iban.
Me echaron.
Nací sin una peseta. Ahora,
después de cincuenta años de trabajar,
tengo dos.

Autobio

Mi niñez y juventud
fue de ataúd,
fue injusta y dura
(y no me hizo dura).
Y veo que hay gente,
que su vida fue cómoda y blanda
y son duros y agreden.

Autobio

Pronto me di cuenta
que era una errata eso
de que los niños venían de París.
A los seis años cambié la ese por erre.
Los niños vienen de Parir
-escribí en la pizarra de las monjas-.
Y me echaron.

Autobio

Cuando yo nací,
el padre de servidora
ganaba al mes,
lo que mi limpiadora
gana ahora a la hora.

Éramos nueve hermanos,
quedamos tres,
-los más fuertes-

La mayoría de mis hermanitos
murieron de mortandad infantil
o de guerra civil.

Autobio

Os digo en prosa:
Nunca pedí dinero,
comida, sangre o ropa.
Empecé a trabajar de niña de niñera.
Fui criada de mi casa propia.
(Yo misma fui mi primer muñeca.)

Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor,
lo devolví con creces,
hoy estoy arruinada.

Auto

No quiero irme del todo
de mi infancia,
porque mi infancia no era la infancia
de los niños de ahora.

Autobio

Yo empecé en esto de inventar,
muy pronto,
mire usted, señor periodista,
cuando se me ocurrió el primer poema,
me caí de la cuna de risa.

Auto

-Desde los quince años vivo del libro.
-¿Ya escribías?
-No, vendía los libros que robaba.

Autobio

Yo era feliz cuando era niña.
Cuando llevaba los zapatos rotos
y el corazón entero.
Después…
ya todo roto.

La isla ignorada

Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola sólo—.
Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.
Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!
Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!
A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.
Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.
Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.
En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.

Se suicidó el dictador

Se suicidó la estatua del dictador.
La estatua vivía en el centro del estanque.
Una noche de viento
la estatua se lanzó al agua.
La estatua del dictador
murió ahogada.
Sólo las gaviotas la echaron de menos.

Aunque nos muriéramos al morirnos

Aunque no nos muriéramos al morirnos,
le va bien a ese trance la palabra: Muerte.
Muerte es que no nos miren los que amamos,
muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.

jueves, 28 de octubre de 2010

Jorge Eduardo Eielson: "Paisaje Infinito"



Jorge Eduardo Eielson; Poeta, ensayista y dramaturgo peruano nacido en Lima en 1924. Es una de las voces más representativas de la poesía hispanoamericana. A finales de los años cuarenta viajó a París y disfrutó del extraordinario ambiente creativo francés. De allí viajó becado a Suiza para dedicarse a la escritura, y a inicios de los años cincuenta se radicó para siempre en Italia. Su obra poética está contenida en las siguientes publicaciones: "Canción y muerte de Rolando" en 1943, "Reinos" en 1945, "Habitación en Roma" en 1951, "Mutatis mutandis" en 1967, "El cuerpo de Giulia-no" en 1971, "Poesía escrita" en 1976, "Noche oscura del cuerpo" en 1983, "Primera muerte de María" en 1988, "Antología" en 1996, "Sin título" en 2001, y "Ceremonias" en 2001. Falleció en Milán en Marzo de 2006.

CEREMONIA SOLITARIA BAJO LA LUZ DE LA LUNA

La masturbación es un caballo blanco
Galopando entre el jardín
Y el baño de mi casa
La masturbación se aprende
Mirando y mirando la luna
Abriendo y cerrando puertas
Sin darse cuenta que la entrada y la salida
Nunca han existido
Jugando con la desesperación
Y el terciopelo negro
Mordiendo y arañando el firmamento
Levantando torres de palabras
O dirigiendo el pequeño pene oscuro
Posiblemente hacia el alba
O hacia una esfera de mármol tibio y mojado
O en el peor de los casos
Hacia una hoja de papel como ésta
Pero escribiendo tan sólo la palabra
Luna
En una esquina
Pero sobre todo
Haciendo espuma de la noche a la mañana
Incluidos sábado y domingo.


CUERPO ENAMORADO

Miro mi sexo con ternura
Toco la punta de mi cuerpo enamorado
Y no soy yo que veo sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el remanso y ríe
Amo el espejo en que contemplo
Mi espesa barba y mi tristeza
Mis pantalones grises y la lluvia
Miro mi sexo con ternura
Mi glande puro y mis testículos
Repletos de amargura
Y no soy yo que sufre sino el otro
El mismo mono milenario
Que se refleja en el espejo y llora

EN EL CORAZÓN DEL OTOÑO

Este taller dorado, señora,
Si usted suelta sus cabellos,
Su corsé, sus abundantes senos,
Arderá. La Muerte vestida,
Calavera de viejo sombrero,
Con plumas de pato en la nuca,
Vendrá, si usted llora, señora,
Desnuda en el bosque, si llora.
Hermosa señora, qué viento,
Qué viejo ya el día, las flores,
La cera y el vino, sus ojos, señora.
Este taller dorado, señora, es el otoño.

CEREMONIA SOLITARIA ALREDEDOR DE UN TINTERO

Todo el mundo huye de mi corazón
Porque parece un cocodrilo. Todo el mundo dice
Que no soy un hombre sino un árbol derribado. Nadie sabe
Que entre mis ojos de niño y mi pecho cansado
Hay solamente musgo, llanto, flores indecibles,
Versos que parecen de oro puro
Y no son sino fragmentos de una estrella de papel.
No es culpa mía si estoy hecho de cristales amargos,
De irremediable ceniza y líquidos ardientes
Que se disputan mi ternura y sin cesar empujan
Dolorosas poleas, émbolos y ruedas escarlata.
Soy solamente un puñado de tierra que tropieza,
Un insolente juguete de cabellos negros
Y dientes amarillos. No es culpa mía
Si no parezco de carne y hueso, si bajo mi sombrero
Y mi pantalón gastado palpita un cielo puro,
Si todo el mundo dice que no amo a la gente
Porque me pongo una corbata y observo el firmamento,
O porque estoy hecho de sustancias aciagas,
De sonrientes materias que sollozan y sollozan
Y sollozantes materias que sonríen y sonríen.
Soy solamente un animal que escribe y se enamora,
Un laberinto de células y ácidos azules,
Una torre de palabras que nunca llega al cielo
Porque no toca ni se apoya en los luceros,
Sino en mi pobre corazón siempre en tinieblas,
Siempre en el fondo de un tintero,
Como si fuera un cocodrilo

LO QUE QUIERO DECIR

Lo que quiero decir
Es que no tengo nada que decir
Que todo lo que digo
Lo digo solamente
Solamente lo digo
Sin decir nada
Que mis palabras son fragmentos
Balbuceos de una frase oscura
Migajas de una vieja historia
Repleta de personajes
De señores y señoras que pasean
Bajo grandes cielos mudos
Sin saber que su sonrisa
Sus vestidos y sus huesos
Paseaban tranquilamente
Hace millares de años
Y seguirán paseando todavía
Millares de años más. Fragmentos
De una catástrofe celeste
De un insondable estornudo
Tan parecido al amor
Y hasta a la misma muerte
Que no distingue la arcilla
De la nada y nos sorprende cada día
Amarrados a una cama o una silla
Bajo la misma luz amarilla
El mismo miserable torbellino