lunes, 14 de febrero de 2011

Pier Paolo Pasolini, "La rabia y la lava"



Poeta, novelista, cineasta, dramaturgo y ensayista italiano nacido en Bolonia en 1922.
Hijo de un militar fascista y una madre profundamente católica, sus ideas siempre fueron de izquierda, llegando incluso a unirse por algún tiempo al partido comunista. A los diecisiete años se matriculó en la Universidad de Bolonia para estudiar Filosofía y Letras, y cinco años después publicó el primer libro de poemas.Una etapa muy importante de su producción literaria se produjo entre 1954 y 1966 cuando publicó "Las cenizas de Gramsci",  "El ruiseñor de la Iglesia católica", "Poesía en forma de rosa",  y los ensayos "Pasión e ideología", y "La religión de mi tiempo". Fue además un gran guionista y director de cine. Sus escritos sobre crítica social alcanzaron gran brillo con uno de sus últimos trabajos, "Cartas luteranas", en las que analizó la situación decadente de la sociedad italiana.
Fue asesinado el 2 de noviembre de 1975 en la ciudad de Roma.



Madre de familia burguesa

En mi familia, pues, todos vivimos
la existencia tal como debe ser;
las ideas con que nos juzgamos a nosotros mismos
y a los demás, los valores y los acontecimientos,
son, como suele decirse, un patrimonio común
a todo nuestro mundo social.
Yo en este sentido era peor que todos.
Es difícil decir como he vivido;
como, para vivir, me bastaba la naturalidad del vivir;
ocuparme de la casa, de mis afectos,
como si hubiera sido una campesina en su cubil familiar,
que lucha con uñas y dientes para la existencia.

Marxista

¿Cómo me hice marxista?
Y bien... iba entre las florecillas primaverales, blancas y celestes,
que nacen justo después de las prímulas,
-y un poco antes de que las acacias se cubran de flores,
perfumadas como la carne humana, que se descompone en el calor sublime
de la más bella estación y escribía en las orillas de las pequeñas lagunas
que a lo lejos, en el país de mi madre, como uno de esos nombres
intraducibles se las llama “fonde”,
con los hijos de los campesinos que se bañaban inocentemente
(porque permanecían impasibles ante su vida
mientras yo los imaginaba conscientes de lo que eran)
escribía los poemas de “El ruiseñor de la Iglesia Católica”.
Era en el ’43: en el ’45 todo fue diferente.
Esos hijos de campesinos, ya más grandes,
se pusieron un pañuelo rojo en el cuello y marcharon
hacia la capital del distrito, con sus puertas
y sus palacetes venecianos.
Y es así cómo supe que eran jornaleros,
y que había también patrones.
Me puse del lado de los jornaleros, y leí a Marx.

Muerte

Vuelvo a ti, como vuelve
un emigrado a su país y lo redescubre:
he hecho fortuna (en el intelecto)
y soy feliz, tanto
como hace tiempo lo era, destituido por norma.
Una rabia negra de poesía en el pecho.
Una loca vejez de jovencito.
Antes tu alegría se confundía
con el terror, es verdad, y ahora
casi con otra alegría
lívida, árida: mi pasión decepcionada.
Ahora me das miedo de verdad,
porque estás de verdad cerca, incluida
en mi estado de rabia, de oscura
hambre, de ansia casi de criatura nueva.

Ninetto
Uno entre muchos epílogos

Ay, Ninarieddo, recuerdas aquel sueño...
del que tantas veces hemos hablado...
Yo estaba en el coche y me iba solo con el asiento
vacío al lado mío, y tú corrías;
a la altura de la ventanilla aún semiabierta,
corriendo ansioso y obstinado, me gritabas
con un poco de llanto infantil en la voz:
‘Paolo, ¿me llevas contigo? ¿Me pagas el viaje?’
Era el viaje de la vida; y sólo en sueños
osaste descubrirte y pedirme algo.
Tú sabes muy bien que aquel sueño es parte de la realidad;
y no un Ninetto soñado el que dijo esas palabras.
Tan verdad es, que cuando hablamos de ello, te ruborizas.
Ayer, en Arezzo, en el silencio de la noche,
mientras el centinela echaba la cadena a la cancela
detrás de ti y tú ibas a desaparecer,
con tu sonrisa fulmínea y burlona, me dijiste... ’¡Gracias!’
‘¿Gracias, Niné?’ es la primera vez que me lo dices.
Y, efectivamente, te das cuenta de ello y te corriges, aguantando el tipo
(en eso eres un maestro), bromeando:
‘Gracias por el viaje’. El viaje que tú querías
que yo te pagase era, lo repito, el viaje de la vida:
y en ese sueño de hace tres, cuatro años decidí
lo que a mi equívoco amor por la libertad era contrario.
Si ahora me agradeces el viaje...Dios mío,
cuando estás en el calabozo, tomo con miedo
el avión hacia un lugar lejano. De nuestra vida soy insaciable,
porque una cosa única en el mundo no puede nunca agotarse.

Padre (I)

Con el fin del fascismo, comenzó el fin de mi padre.
Lo que dije del fascismo es una coartada,
con la que justifico también mi odio,
injusto, hacia ese pobre hombre: y debo decir sin embargo que es un odio
horriblemente mezclado de compasión.
Ahora que inmerecidamente tengo cuarenta y cuatro años,
casi la edad que él tenía en la época de mis primeros poemas,
lo veo fuera de mi historia,
en un episodio que me es totalmente extraño,
en el que soy un culpable héroe objetivo.
Porque debo recordar
que, con mi amor inicial hacia mi madre,
hubo también un amor hacia él: un amor sensual.
Debo recordar mis pasitos de niño de tres años
en una ciudad miserablemente perdida entre las montañas,
de apariencia ya un poco austríaca,
casi en las fuentes de un río con nombre de museo y de guerra
y de miseria,
un río celeste entre grandes playas arenosas
al pie de las montañas,-
mis pasitos al borde de una carretera
golpeada por un sol que no era de mi vida
sino de la de mis padres,
el borde donde mi padre, hombre joven,
estaba orinando...

Padre (II)

Todo esto está bien, París está llena de la experiencia de estas cosas;
y es mucho mejor si se trata de una muchacha sencilla convertida en reina;
está bien y cuenta hasta un cierto punto, y para las almas en pena;
lo que cuenta es él, el Padre, sí, él:
lo dice uno que no lo conoce
que nada sabe de él, que nunca lo ha visto,
que nunca le ha hablado, que nunca lo ha escuchado,
que nunca lo ha amado, que no sabe quién es, que no sabe si es-
¡Tú, al sonreírme a mí, le sonríes a él!
Pero yo nunca pude ser él, porque no lo conozco,
te lo juro, María, no tengo la mínima experiencia de él;
¡Y para tí es tan natural!

Pasado

Yo soy una fuerza del pasado.
Sólo en la tradición está mi amor.
Vengo desde las ruinas, desde las iglesias,
los retablos de altar, desde los pueblos
abandonados sobre los Apeninos o los Prealpes
donde vivieron mis hermanos.
Doy vueltas por la Tuscolana como un loco,
por la Appia, como un perro sin amo.
O miro los crepúsculos, las mañanas
sobre Roma, sobre la Ciociaria, sobre el mundo,
como los primeros actos de la Poshistoria
a los que asisto, por un privilegio del registro civil,
desde el borde de alguna edad
sepultada. Monstruoso es nacer
de una mujer muerta.
Y yo, feto adulto, doy vueltas y revueltas,
más moderno que todos los modernos
buscando hermanos que ya no existen.

Pasaje

Luego, en los ’60, rodé mi primera película, que se titula “Accattone”.
¿Por qué pasé de la literatura al cine?
Hay, entre las preguntas previsibles de una entrevista,
una pregunta inevitable, y ésta lo es.
Respondía siempre que era para cambiar de técnica,
que tenía necesidad de una nueva técnica para decir algo nuevo,
o, al contrario, que decía lo mismo siempre, y que, por eso
debía cambiar de técnica: según las variantes de la obsesión.
Pero no era del todo sincero dando esta respuesta:
lo verdadero estaba en lo que había hecho hasta entonces.
Después me di cuenta de que no se trataba de una técnica literaria, casi
formando parte de la lengua con la que uno escribe:
sino que era, ella misma, una lengua...
Y entonces proclamé las razones oscuras
que presidieron mi elección:
¡cuántas veces rabiosa y desconsideradamente
declaré querer renunciar a mi ciudadanía italiana!
Y bien, abandonando la lengua italiana, y con ella,
progresivamente la literatura,
renunciaba a mi nacionalidad.
Decir no a mis orígenes pequeño burgueses,
le daba la espalda a todo lo italiano,
protestaba, ingenuamente, poniendo en escena una abjuración
que, al mismo tiempo que me humillaba y me castraba,
me exaltaba. Pero no era del todo sincero, todavía.
Porque el cine no es solamente una experiencia lingüística,
sino también, en tanto que búsqueda lingüística,
una experiencia filosófica.

Roma

Mísera y magnífica ciudad
que me ha enseñado lo que, alegres y feroces,
los hombres aprenden de niños,
las pequeñas cosas en las que se descubre
la grandeza de la vida en paz, como el andar
firmes y apresurados entre la muchedumbre
de las calles, dirigirse a otro hombre
sin temblar, no avergonzarse
de mirar el dinero contado
con dedos perezosos por el mozo
que suda delante de las fachadas, trabajando,
con su eterno color de verano;
aprender a defenderme, a ofender, a tener
el mundo delante de los ojos
y no solamente en el corazón,
a comprender que pocos conocen las pasiones
en las que yo he vivido, que no me son fraternos
y sin embargo hermanos míos son en el tener
pasiones de hombres que alegres,
inconscientes, enteros, viven
de experiencias por mí desconocidas.

Soledad

La soledad; hay que ser muy fuertes
para amar la soledad; hay que tener buenas piernas
y una resistencia fuera de lo normal: no hay que exponerse
a resfriados, gripe o dolor de garganta: no hay que temer
a atracadores ni a asesinos; si es preciso caminar
toda la tarde o, tal vez, toda la noche
es preciso saberlo hacer sin darse cuenta; no hay donde sentarse;
especialmente en invierno, con el viento que sopla sobre la hierba mojada,
y con las rocas entre la basura, húmedas y fangosas;
no hay ningún consuelo, de eso no hay duda,
además del de tener por delante todo un día y una noche
sin deberes ni límites de ningún tipo.

Súplica a mi madre

Mis palabras de hijo dirán difícilmente
algo a un corazón de mí tan diferente.
Sólo tú en el mundo sabes de mi corazón
lo que siempre fue, antes de cualquier amor.
Por eso tengo que decirte lo que es horrible reconocer:
germina mi angustia en el seno de tu gracia.
Eres insustituible. Por eso está condenada
a la soledad la vida que me diste.
Y no quiero estar solo. Tengo un hambre infinita
de amor, del amor de cuerpos sin alma.
Porque el alma está en ti, eres tú, pero tú
eres mi madre y tu amor es mi esclavitud:
esclava fue mi infancia de este sentimiento,
alto, irremediable, inmenso el compromiso.
Era la única manera de sentir la vida,
el único color, la única forma. Ahora se acabó.
Sobrevivimos. No es más que la confusión
De una vida recreada al margen de la razón.
Te lo suplico, ay, te lo suplico, no pretendas morir.
Estoy aquí, solo, contigo, en un futuro abril.

Teorema (1968)

En cuanto a mis obras futuras,
verás a un joven llegar un día
a una hermosa casa donde un padre, una madre, un hijo y una hija
viven ricamente, en un estado que no conoce la crítica,
como si fuera un todo, la vida pura y simple;
hay también una sirvienta (originaria de regiones subproletarias);
viene, ese joven, bello, como un americano,
y, súbitamente, la sirvienta, la primera, cae enamorada de él,
y se levanta las faldas. Él le da la dulce,
pesada cólera de su miembro. Luego el hijo
se enamora de él: duermen juntos, en la misma habitación
del chico, con los restos de la infancia; y también al hijo
él le da su miembro de seda, más adulto y potente;
y el mismo don, condescendiente y generoso,
porque él es el que da, le hará a la madre,
que adoró sus ropas, los pantalones, la remera,
el slip, dejados en un bungalow
un día caluroso de verano, sobre el mar Tirreno;
y aún el mismo don le hará al padre, transformándose
en padre del padre –porque él, con ambigua dulzura materna,
es, por nombre, padreal
padre que se despertó al alba
con un dolor de estómago que lo parte en dos,
y que descubre, alzándose para ir al baño,
la belleza muda de las cuatro de la mañana
con el fulgor del sol...y que descubrirá su amor
con la misma maravilla con que descubrió aquel sol:
un amor como el de Ivan Ilich por su sirviente
campesino y joven;
pero consciente y dramático
porque él, el viejo industrial con la cara
de Orson Welles, es un pequeño burgués,
que dramatiza todo.
El mismo don de su miembro, durante las horas
de la enfermedad del padre –y antes que al padreél
le hará a la hija de catorce años, enamorada
de su padre, y que descubre, al joven todo amor,
a través de los ojos enamorados, justamente, del padre.
Después el joven se va:
la ruta al fondo de la que desaparece
permanecerá desierta para siempre.
Y cada uno, en la espera, en el recuerdo,
como apóstol de un Cristo no crucificado pero perdido,
tiene su destino. Es un teorema:
y cada destino es un corolario.

¡Oh, yo jovencito! (1)

¡Oh, yo, jovencito. Nazco
en el olor que la lluvia
suspira desde los prados
de hierba viva... Nazco
en el espejo de los charcos.
En ese espejo Casarsa
-como los prados de rocío tiembla
de tiempo antiguo.
Allá abajo vivo de piedad
lejano muchachito pecador,
con una risa desconsolada.
¡Oh, yo jovencito!, serena
la tarde tiñe de sombra
los viejos muros, en el cielo
la luz enceguece.

¡Oh, yo jovencito! (2)

Yo quería ser mi madre
que me amaba, pero
no quería amarme a mí mismo.
Y entonces fingía ser
un joven pobre.
No podía convencerme
de que también en un burgués
hubiera algo para amar:
aquello que amaba mi madre
en mí, puro y despreciado.
Nada ha cambiado
me veo todavía pobre
y joven, y amo sólo a aquellos
como yo. Los burgueses
tienen un cuerpo maldito.

sábado, 12 de febrero de 2011

Malcolm Lowry, "El alcohol se hizo literatura" 1909-1957





SIN TIEMPO DE PARARSE A PENSAR

La única esperanza es el próximo trago.
Si te apetece puedes dar un paseo.
Sin tiempo de pararse a pensar,
La única esperanza es el próximo trago.
Inútil titubear en el límite,
Peor que inútil todo este hablar.
La única esperanza es el próximo trago.
Si te apetece, puedes dar un paseo.

PENSAMIENTOS MIENTRAS TE AHOGAS

Deja que los demás discutan acerca de mi dolor
enfurecidos como lobos ante un trozo de carne
mi dolor es ahora de dominio público
hace tiempo muerto de hambre come de limosna
muchos de los que se indigestaron de felicidad lo necesitan

la oscuridad del atardecer con una sensación de culpa
como truenos de una tormenta oscureciendo el promontorio
mancillando el recordado doblar de un cabo de la vida
los turistas esperan con fatuas sonrisas de triunfo
con brazos enlutados sobre la costa chismorreando
haber conocido al cadáver por un momento les hace grandes ~

SIN COMPAÑÍA EXCEPTO EL MIEDO

Cómo empezó todo esto y por qué estoy aquí
en esta barra arqueada con la pintura marrón descascarillada,
papegaai, mescal, hennessy, cerveza,
dos viscosas escupideras, sin compañía excepto el miedo:
miedo de la luz, de la primavera, del lamento
de aves y autobuses volando a sitios lejanos,
y de los estudiantes yendo a las carreras,
de chicas brincando con el aire en sus rostros,
pero sin compañía excepto el miedo,
miedo de la fuente volando: y todas las flores
que conocen el sol son mis enemigos,
¿estas, muertas, horas?

ABRIDOR DE OJOS

Cuán semejante a un hombre, es el Hombre, que se levanta tarde
Y contempla los platos sucios de la cena
Y contempla las botellas, vacías también.
Todo ello tragado durante el sordo «¿Cómo estás?» sin fin de la noche anterior
-Aunque un vaso contiene todavía un refresco espantoso-
Cuán semejante al Hombre es este hombre y su destino,
Aún borracho y tropezando entre los árboles amarillentos
Va a desayunar ron picado, sardinas y guisantes.

DESPUÉS DE LA PUBLICACIÓN DE BAJO EL VOLCÁN

Que horrible es el éxito,
peor que ver tu casa en llamas
y las vigas cayendo, una tras otra,
mientras asistes, sin testigos, a tu condena.
La fama, como una borrachera, consume lo mejor de ti
mismo
y, sórdida, te muestra que sólo trabajaste para ella.
Ojalá que nunca me hubiera besado esa puta,
y haber seguido siempre en las sombras de la destrucción y
el fracaso.

SIN MIEDO AL DRAGÓN NOCTURNO

Todas las nociones de libertad están asociadas al alcohol
y nuestro ideal de vida se reduce a una cantina
donde los hombres puedan sentarse y hablar o tal vez pensar
sin miedo al dragón nocturno.
O quizás otra cantina
sin letreros de “Aquí no se fía”
y con su crédito ilimitado
donde –aparte de innumerables botellas de cerveza-
nos podamos sentar –bien borrachos
y lo suficientemente locos-
a escribir tratados sobre una tierra prodigiosa
en la que los hombres beben un vino maravilloso
que les emborracha suavemente, sin vómitos ni resacas,
mientras tejen el sueño de otra cantina
en la que beberán siempre gratis,
con la puerta abierta, mirando pasar el viento.

viernes, 11 de febrero de 2011

"Carta para volvernos a ver" de Gonzalo Rojas

Carta para volvernos a ver

Escrita en el mar, el 25-X-58, entre las 2 y las 5 de la mañana, a bordo del "Laennec",
Navifrance, por la ruta del Atlántico norte. No publicada hasta la fecha.


Lo feo fue quererte, mi Fea, conociendo cuánta víbora
era tu sangre, lo monstruoso
fue oler amor debajo de tu olorcillo a hiena, y olvidar
que eras bestia, y no a besos sino a cruel mordedura
te hubiera, en pocos meses, lo vicioso y confuso
descuerado, y te hubiera en la mujer más bella ¡por Safo! convertido.

Porque, vistas las cosas desde el mar, en el frío de la noche oceánica
y encima de este barco de lujo, con mujeres francesas y espumosas,
y mucha danza, y todo, no hay ninguna
cuyo animal, oh Equívoca, tenga más desenfreno en su fulgor
antes de ti, después de ti. No hay ojos verdes
que se parezcan tanto a la ignominia.

Ignominia es tu sangre, Burguesilla: lo turbio que te azota por dentro,
remolino viscoso de miedo y de lujuria, corrupción
de todo lo materno que es la mujer. ¡Acuérdate, Malparida, de aquella pesadilla!
No hay trampa que te valga cuando tiritas y entras al gran baile del muro
donde se te aparecen de golpe los pedazos de la muerte.

No te perdono, entiéndeme, porque no me perdono, porque el mar
-por hermoso que sea- no perdona al cadáver: lo rechaza y lo arroja
como inútil estiércol.
Muerta estás y aun entonces, cuando dormí contigo, dormí con una máquina
de parir muertos. Nadie podrá lavar mi boca sino el áspero océano,
Mujer y No-mujer, de tu beso vicioso.

Lástima de hermosura. Si hoy te falta de madre justo lo que te sobra
de ramera
y de sábana en sábana, desnuda, vas riendo
y sin embargo empiezas a llorar en lo oscuro cuando no te oye nadie,
es posible, es posible que descubras tu estrella por el viejo ejercicio
del amor, es posible que tanta espuma inútil
pierda su liviandad, se integre en la corriente, vuelva al coro del Ritmo.

Tal vez el largo oleaje de esta carta te aburra, todo este aire solemne,
pero el Ritmo ha de ser océano profundo
que al hombre y la mujer amarra y desamarra
nadie sabe por qué y, es curioso, yo mismo
no sé por qué te escribo con esta mano, y toco
tu rara desnudez terrible todavía.

No hablemos ya de mayo ni de junio, ni hablemos
del gran mes, mi Amorosa, que construyó en diamante tu figura
de amada y sobreamada, por encima del cielo, en el volcán
de aquel Chillán de Chile que vivimos los dos, y eternizamos,
silenciosos, seguros de ser uno en el vuelo.

No. Bajemos de ahí, mi Sangrienta, y entremos al agosto mortuorio:
crucemos los horribles pasadizos
de tus vacilaciones, volvamos al teléfono
que aún estará sonando. Volemos en aviones a salvar
los restos de Algo, de Alguien que va a morir, mi Dios, descuartizado.

Digamos bien las cosas. No es justo que metamos a ningún Dios en esto.
Cínicos y quirúrgicos, los dos, los dos mentimos.
Tú, la más Partidaria de la Verdad, negaste la vida hasta sangrar
contra la Especie (¿Es mucho cinco mil cuatrocientas criaturas por hora...?)
Los dos, los dos cortamos las primeras, las finas
raíces sigilosas del que quiso venir
a vernos, y a besarnos, y a juntarmos en uno.

Miro el abismo al fondo de este espejo quebrado, me adelanto a lo efímero
de tus días rientes y otra vez no eres nada
sino un color difícil de mujer vuelta al polvo
de la vejez. Adiós. Hueca irás. Vivirás
de lo que fuiste un día quemada por el rayo del vidente.

Mortal contradictorio: cierro esta carta aquí,
este jueves atlántico, sin Júpiter ni estrella.
No estás. No estoy. No estamos. Somos, y nada más.
Y océano,
y océano,
y únicamente océano.

viernes, 21 de enero de 2011

Presentación del libro "Cuando los árboles se olvidan del otoño" por Bernardo González K.



POESÍA DEL NUDO DESATADO


“Ahora los pinos han dejado de rezar
 y entonan solemnes cantos gregorianos”
                                 Sergio Hernández


Me ha sorprendido gratamente el poemario “Cuando los árboles se olvidan del otoño” de Ivo Maldonado (Talcahuano, 1978), por dos o tres consideraciones que quisiera compartir con usted, amable lector, que aún se da tiempo para leer poesía en este mundo hostil e impersonalizado donde todos o casi todos andan preocupados de su sobrevivencia, por lo demás efímera, que interesados en buscar respuestas estéticas a los cuestionamientos existenciales.

Conocía de Ivo Maldonado tres trabajos previos - “Anamorfosis” (2000), “Pequeña antología de la nada” (2003) y “Tributo a las cenizas”, inédito -, donde nos desplegaba un lenguaje poético exploratorio, aunque todavía crudo diría yo, con fuerte influencias de sus maestros Sergio Hernández y Gonzalo Rojas, de los cuales fue alumno en sendos talleres literarios. Palabra directa, descarnada, atrevida, con una cierta tendencia al decir parriano, coloquial; referente de una oralidad urbana juvenil que no tropieza ni menos cae en la petulancia academicista culterana tan en boga en los poetas penquistas del año 0. Maldonado emergía con textos que olían a puerto, a barrio, a intemperie, a musgo adosado a brumosos horizontes, con un temple no tan festivo ni desacralizador como en el caso de nuestro antipoeta, sino más bien denotando el tránsito de un hablante desencantado cuando no sufriente, por las veredas húmedas de una ciudad universitaria.

Muchas lecturas han pasado bajo los puentes del Bío Bío; un caudal de textos que han fluido desde territorio pewenche hasta sedimentarse sobre fallas en movimiento del fondo marino. A saber, Maldonado me ha confesado que los autores de sus afectos en este período de intensa búsqueda y, por ventura, de hallazgos esenciales para su formación literaria son Charles Tomlinson, Wallece Stevens, Jorge Eduardo Eielson, Pier Paolo Pasolini, Lucian Blaga, Lawrence Ferlinghetti, Sthefen Spender, Sam Shepard, Aimé Cesairé, Hart Crane, Jaraslov Seifert, Raymond Carver y uno que otro poeta chino de hechuras ligeramente milenarias.

Así, Ivo Maldonado se nos presenta ahora con un libro distinto entre sus manos, donde despliega con desplante y dominio cierta madurez humana y poética tan ausente en las últimas promociones de escribidores que emergieron como callampas después del diluvio; rara condición ésa de mantenerse sereno en medio del vendaval; cuesta encontrar un poeta calibrado, macerado, abismal a los 30 años en el Chile actual entre tanto muchacho y damisela extraviados en pirotecnias verborrísticas cuando no en pedanterías cursis y amaneradas. Emerge un poeta más sobrio, más sincero, más humano del pozo del dolor; decantamiento natural que otorga la soledad y el silencio, imprescindibles para encontrar una voz, un lenguaje y una escritura con acento personal propio e intransferible. Todos alguna vez hemos perdido los estribos en los andurriales de la poesía, es parte de nuestro terco aprendizaje; por eso alegra sobremanera que Maldonado encuentre la huella perdida entre los pastizales de la marginalia y retorne del abismo con la mochila repleta de imágenes y textos inusuales por estos contornos abotagados de cánones y culteranismos, necesarios, pero absolutamente prescindibles para un espíritu rebelde, original y propositivo como en el caso de un poeta que se precia de tal. Enhorabuena.

Hablemos ahora del libro en cuestión.

“Cuando los árboles se olvidad del otoño” es un largo e intenso poema que expresa el júbilo del vuelo por un paraje atisbado en sueños. Nos situamos ante un subconsciente atado por un nudo ciego que apretaba y hería su humanidad con encono, ahogándolo, prisionero de los modos y usos de una modernidad aplastante y sádica… Y ahora, después de una larga noche triste, agita sus alas y emprende una travesía que lo libera y redime como poeta, pero fundamentalmente como ser humano. Ivo ya lo había vaticinado en una entrevista realizada por Gonzalo Bizama, dejando entonces fehacientemente establecido su proyecto poético: “Uno ve lo que escribe y lo que imagina, uno escribe lo que le obsesiona y se le priva. Uno escribe de todo un poco pero es inevitable sentirse ajeno al espejo que está enfrente a uno. A lo mejor la salvación está en escribir la tristeza, la desesperanza, el amor y el odio para poder limpiarse de todo aquello. Para mí escribir es una manera de purificarse aunque no sea leído por nadie; el hecho está por sobre la circunstancia… Un poeta no es un escritor de poemas”. Notable lo que se ha propuesto y ha logrado este joven poeta.

Antonio Crespo, poeta español, ha captado con meridiana claridad los principales aciertos de esta obra. Dice en una reciente carta enviada al autor: “Me parece un gran poemario. Con una fuerte unidad reforzada por la disposición gráfica, el espacio que ocupan los poemas en la página, las citas en cursiva... Un conjunto de poemas que va atrapando al lector, que va cayendo, sumergiéndose en una lectura que envuelve y obliga a avanzar; (no es fácil detenerse; el carácter unitario del texto, la estructura tan trabada, te empuja). Según he ido avanzando en su lectura creo que el libro va ganando en intensidad... O puede que el lector penetre mejor en la densidad de la escritura”.

¿Captaremos las resonancias telúricas y metafísicas que deja latiendo la voz del poeta después de leer “Cuando los árboles se olvidan del otoño”? Esa es mi inquietud. ¿O seguiremos perdidos en la sosería extraliteraria, dando palos al aire de pura rabia e intolerancia por no aceptar que alguien - a quien creíamos definitivamente aniquilado - haya podido percibir y tatuar en nuestro imaginario colectivo una poesía con tal intensidad y talento? Sigo pensado, ahora más que nunca, que la hermosura es la tabla de salvación en el naufragio.

Elegido al azar, como una cata ínfima de lo que se viene en las próximas páginas, les adelanto este fragmento:

Aquí estoy otra vez entonando
la misma canción de siempre
No necesitamos nada para ser felices
eso lo saben bien los ciegos
que resbalan por las avenidas
Ellos persiguen una luna oscura
que fue abandonada entre las piedras
Los niños son los primeros en saberlo
los niños y sus amigos imaginarios
No necesitamos nada y eso es bastante
como una noche reventando en el silencio

De tanta piel... perdí los ojos

Antes de dejarlos frente a frente con este rutilante poemario, como quien abre un cofre encontrado en las espesuras de un bosque en penumbra, quisiera desearle al poeta Ivo Maldonado buen viento, buen viaje y buena caza. Estaremos atentos a su peregrinar por los universos íntimos de la palabra; a ver, a ver si en una de ésas entusiasmados por los fulgores de su numen nos animamos y también emprendemos vuelo.

Bernardo González Koppmann
Premio Nacional "Stella Corvalán" 2004.
Valle del Venado, Región del Maule, Chile, enero de 2011.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Charles Tomlinson; Selección de poemas



(Stoke-on-Trent, 1927) Poeta británico. Cursó estudios en las universidades de Cambridge y Londres. Enseñó literatura inglesa en la Universidad de Bristol. De su copiosa producción poética destacan El collar (1955, edición editada en 1966), Ver es creer (1958), Un paisaje poblado (1963), Escenas americanas (1966), Los matachines (1968) y Palabras e imágenes (1972). Escribió algunas obras en colaboración con otros poetas, entre las que destaca Renga (1971), en colaboración con Octavio Paz, Jacques Roubaud y Eduardo Sanguinetti.


Toda la tarde

Toda la tarde las sombras han estado construyendo
una ciudad propia de las calles,
corrigiendo con cuidado las perspectivas
con diagonales oscuras, y reduciendo
veredas a plataformas, franjas de luminosas
escalerillas, como si fuera un barco
esta contra-ciudad. Pero los inclinados, negros
encabalgamientos como escaleras para asalto
trepan a las fachadas y las atan a la tierra,
confunden salidas para incendio que ya están enredadas
en vapuleadas ambigüedades. Tocas
las movedizas formas para saber cuál sitio es cuál
y te tiznas un dedo con ceniza del tiempo
que sopla a través de ambas, la sombra en la penumbra
y en la luz, que recorre los caminos
para agujerear las paredes, elevarse por patio y escalera
y deslustrar el pináculo azteca del Chrysler.

Desde la autopista

Las gaviotas se amontonan para comer de la basura
que se descarga, camión por camión,
sobre un montículo que tres carreteras
han aislado:
cuando las semillas se hundan y se enreden
este abono movedizo donde las gaviotas
rebuscan el sustento invernal
se transformará en cerro -para los halcones
un terreno de caza, pero no tendrá nombre:
jamás nadie irá allí. ¿Cómo
lo recuperaremos, una forma que nos pertenezca?
Ya que no engendrará fantasmas
sino sólo -bajo la zambullida e inspección
de las alas del halcón- los huesos de pequeñas presas,
su resplandor de sodio en las tardes de invierno
inaccesible como el Edén...

San Carlo Al Catinari

Una orquesta de ángeles
aletea en la piedra
y se posa en el borde
del domo, entonando alabanzas
en honor de Santa Cecilia.

Admiro, sí, esta escena
extendida sobre mis ojos
por su solidez: tales
presencias no son sombras
sino carne y piedra interanimadas.

Y si fuéramos ángeles
podríamos oír, sin duda,
su música silente,
hecha cuerpo
en la sustancia de otra esfera...

Una esfera que los sentidos
penetran, aunque raramente,
mientras reúnen pruebas
aún más palpables
del porqué de nuestro deleite.

Pues qué supone el cielo
sino el aumento y cuidado
de nuestras afinadas facultades,
atentas al servicio y la alabanza,
hechas a semejanza de aquel alto consorte.

A Vasko Popa en Roma

"Me desagrada Roma", comentaste en francés,
"con su orgullo imperial". Pero tú eras
el menos imperioso de los hombres, en verso
y en persona. Nos vimos sólo en otra ocasión,
y parecía claro que tus días estaban
contados, vida y muerte en un terco desfile
de cigarrillos. "Como un príncipe exiliado",
decían, mas la imagen no casaba con alguien
insensible al imperio. Te habías exiliado, sí, pero
de ti mismo,
arrumbando ironías y entusiasmos perplejos,
buscando un equilibrio casi físico
-tu cuerpo propendía a la gordura-
entre el rigor francés y el exceso italiano,
mientras nuestro intercambio mezclaba los idiomas
en busca de palabras capaces de expresar
el placer del encuentro. Y ya que hablo de príncipes...
recuerdo haberte oído, "Me han dicho que
Ted Hughes",
(medianoche en el parque de los Borgia)
"vive como un príncipe". "Es cierto", repliqué,
"si la hospitalidad está en sus planes,
y si eres su invitado o su amigo, eres tú
quien vive como tal". Con paso concertado,
abominando
de la melancolía que engendran las ciudades
-nada omite su generosidad-
extraías tu angustia de un filón de riquezas
a punto de agotarse. Hoy, de regreso a Roma,
me es fácil suponer tu acuerdo si dijera
que la ciudad compensa con creces su arrogancia,
tal es su resplandor, semejante al bramido
que la fuente de Trevi esparce por las calles:
y que tales estratos de agua y piedra tallada
-metamorfosis sobre tierra firme- son otra
forma de poesía, y nosotros los huéspedes
de la imaginación. Mas la imaginación propone
lo que no necesita demostrar y, también,
más allá de los hechos y las palabras, lo imposible:
bajo la luz y el aire del otoño romano
ya nunca cruzaremos juntos este paseo.

Diciembre

Constancia de la escarcha, cada vez
más blanca, más helada. Parecía
que el fulgor salino de los cristales
hubiera transformado la esencia de las cosas
al cubrirlas: tus pasos cruzaban aquel mundo
como si de un momento a otro fuera a romper
en campanas de vidrio, o en helados vibráfonos,
y la luz golpeaba las colinas inermes
y les daba relieve: alineados
en lo blanco, los árboles mostraban
nervios de taracea, mínimos, irreales,
y el sol daba de pleno en su leve armadura
que pronto, en una sola tarde, se desharía.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Antonio Martínez i Ferrer: "La cama hospitalaria" y otros poemas




Nació en Alzira (España) en 1939. Obrero de las Artes Gráficas de profesión, ha ocupado la mayor parte de su vida en la lucha contra la dictadura Franquista, perseguido  por el régimen sufrió el exilio político en Francia. Su primer poemario nace después de cumplir los 60 años. Ha sido distingido con la Mención especial en el PREMIO DE POESIA JULIO TOVAR. Santa Cruz de Tenerife el año 2004, por el poemario, "Corre, corre, niño de arena". Entre sus obras destacan “El rumor del patio” 2003, “El grito del oasis” 2007, "Efectos Secundarios" 2008, "Antología poética", 2010.

***

la cama hospitalaria

escenario del encuentro
entre la vida
y su tiempo

múltiples caminos
brotan incansables
de su cuerpo

todos los espacios
posibles
arriba abajo
todo o parte

nave viajera entre plantas
portadora incansable
compañera fiel

cuerpo ingrávido
con vísceras blancas
para el reposo

siempre a la espera
de la luz
y de los sueños

***

los aerosoles

silbo de hospitales
cantor del aliento

una mirada vaporosa
se derrama
viento adentro

relator de esperanzas
uñas del humo
arrancando infecciones

un amanecer
de temblores
en el pecho
semillas
para la vida

***

imposturas del mercado

nació la voz transparente
de los discurso blancos

se abrió la puerta
del supermercado
y nada escapó
de aquel circo

manchado el discurso
ensució las conciencias

circuló la falacia
de la bolsa y el negocio

la turbulencia del engaño
amanecía
entre el miedo y la miseria

se corrompe la justicia
se borra el futuro

trileros
de la política
y la prensa
juegan con el pueblo
a matar su rebeldía

la voz mutilada
la voluntad vencida
desarmada y conformista
la clase obrera
deambula extraviada
en el intestino
de la sanguijuela
liberal capitalista

***

Deja tu presencia
………….una huella,

un brote de fuego
crece en soledad
………….por las tardes.

Mi voz
tiembla aturdida
pensando
………..en los círculos
de tu piel húmeda.

Acompañar
…………las miradas
recoger
………….los sueños
en las laderas de la luz.

Ten a mano
………….el rocío del beso
estoy en la esquina
………….de los encuentros.

Te espero!

***

el carro de enfermería

babel de gasas
agujas, apósitos
química variada
para la vida

pasas
como mercadillo de jueves
altivo, sobrado
capaz de vencer lo infecto

campeón de transparencias
tienes
el paso del viento fresco
para combatir el daño

tus besos limpios
sofocan el fuego
o cierran la carne

y sigues y sigues
sin quejas ni descanso

***

el andador

apoyos de acero
para las manos cansadas
piernas de acero
para los pies inertes

el corazón hueco
sin marcapasos

territorial de imagen
paciente en las esperas
firme en las distancias

escaso
económico
sin sueños conocidos

compañero fiel
amante de los espacios

***

la silla de ruedas

callada en la espera
recompone con su cuerpo
la luz
sobre el tabique

archivo de senderos
escritos
en las ruedas

destino, salida, espacio, encuentro

la voz vibra
y se moldea en
sus universos tubulares

arquitecta de las distancias
con formas dulces
y contornos sensuales

tiene la certeza
de su feminidad

y el mágico uso
de sus piernas
incansables

***

Me quedé
a un paso de tu mirada,

....................después
un temblor de muros
escondió tu imagen.


................... Aligeré el paso
....................entre la niebla
..... de la distancia silenciosa

........no pude acercar mi voz,

..........................el espacio
.................huía enloquecido.

Soledades.

***

El silencio
…………….se extravía
en la lejana transparencia
…………..de tu mirada.

Tu ausencia
………eriza mi piel
………………..y quema.

La tarde
derrotada entre dos luces
transita pesada en mis hombros.

Te espero
.………..solo no existo

***

despertar

............en un tiempo nuevo

donde la bestia vencida

huya avergonzada

ese es

………NUESTRO sueño

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Gloria Fuertes "Poesía ignorada"


Gloria Fuertes; Nació el 28 de julio de 1917 en el madrileño barrio de Lavapiés en el seno de una familia humilde, de madre, costurera y sirvienta, casi muere en el parto, tal como ella misma refleja en los versos de una de sus « autobiografías». Debido a la profesión de su padre, portero, la familia cambió varias veces de residencia en Madrid. A los tres años ya sabía leer y a los cinco escribía cuentos y los dibujaba. Luego los cosía con hilos para encuadernarlos.
Se movía por Madrid en bicicleta, con una falda-pantalón diseñada por su hermana y con corbata, compraba libros a hurtadillas en la cuesta de Moyano y se ocultaba para escribir y leer en la portería donde trabajaba su padre a escondida de su madre.
De su obra se destacan los libros «Poesía ignorada» en 1950, «Aconsejo beber hilo» 1954, y «Poeta de guardia» 1980. Falleció en noviembre de 1998.

Autobio

Nací a muy temprana edad.
dejé de ser analfabeta a los tres años,
virgen, a los dieciocho,
mártir, a los cincuenta.

Aprendí a montar en bicicleta,
cuando no me llegaban
los pies a los pedales,
a besar, cuando no me llegaban
los pechos a la boca.
Muy pronto conseguí la madurez.

En el colegio,
la primera en Urbanidad, Historia Sagrada y Declamación.
Ni Álgebra ni la sor Maripili me iban.
Me echaron.
Nací sin una peseta. Ahora,
después de cincuenta años de trabajar,
tengo dos.

Autobio

Mi niñez y juventud
fue de ataúd,
fue injusta y dura
(y no me hizo dura).
Y veo que hay gente,
que su vida fue cómoda y blanda
y son duros y agreden.

Autobio

Pronto me di cuenta
que era una errata eso
de que los niños venían de París.
A los seis años cambié la ese por erre.
Los niños vienen de Parir
-escribí en la pizarra de las monjas-.
Y me echaron.

Autobio

Cuando yo nací,
el padre de servidora
ganaba al mes,
lo que mi limpiadora
gana ahora a la hora.

Éramos nueve hermanos,
quedamos tres,
-los más fuertes-

La mayoría de mis hermanitos
murieron de mortandad infantil
o de guerra civil.

Autobio

Os digo en prosa:
Nunca pedí dinero,
comida, sangre o ropa.
Empecé a trabajar de niña de niñera.
Fui criada de mi casa propia.
(Yo misma fui mi primer muñeca.)

Luego de mayor,
lo único que pedí prestado
fue amor,
lo devolví con creces,
hoy estoy arruinada.

Auto

No quiero irme del todo
de mi infancia,
porque mi infancia no era la infancia
de los niños de ahora.

Autobio

Yo empecé en esto de inventar,
muy pronto,
mire usted, señor periodista,
cuando se me ocurrió el primer poema,
me caí de la cuna de risa.

Auto

-Desde los quince años vivo del libro.
-¿Ya escribías?
-No, vendía los libros que robaba.

Autobio

Yo era feliz cuando era niña.
Cuando llevaba los zapatos rotos
y el corazón entero.
Después…
ya todo roto.

La isla ignorada

Soy como esa isla que ignorada,
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
—sola sólo—.
Hay aves en mi isla relucientes,
y pintadas por ángeles pintores,
hay fieras que me miran dulcemente,
y venenosas flores.
Hay arroyos poetas
y voces interiores
de volcanes dormidos.
Quizá haya algún tesoro
muy dentro de mi entraña.
¡Quién sabe si yo tengo
diamante en mi montaña,
o tan sólo un pequeño
pedazo de carbón!
Los árboles del bosque de mi isla,
sois vosotros mis versos.
¡Qué bien sonáis a veces
si el gran músico viento
os toca cuando viene el mar que me rodea!
A esta isla que soy, si alguien llega,
que se encuentre con algo es mi deseo;
—manantiales de versos encendidos
y cascadas de paz es lo que tengo—.
Un nombre que me sube por el alma
y no quiere que llore mis secretos;
y soy tierra feliz —que tengo el arte
de ser dichosa y pobre al mismo tiempo—.
Para mí es un placer ser ignorada,
isla ignorada del océano eterno.
En el centro del mundo sin un libro
sé todo, porque vino un mensajero
y me dejó una cruz para la vida
—para la muerte me dejó un misterio.

Se suicidó el dictador

Se suicidó la estatua del dictador.
La estatua vivía en el centro del estanque.
Una noche de viento
la estatua se lanzó al agua.
La estatua del dictador
murió ahogada.
Sólo las gaviotas la echaron de menos.

Aunque nos muriéramos al morirnos

Aunque no nos muriéramos al morirnos,
le va bien a ese trance la palabra: Muerte.
Muerte es que no nos miren los que amamos,
muerte es quedarse solo, mudo y quieto
y no poder gritar que sigues vivo.